Don Ramón

Diane, son las doce. Don Ramón murió mientras sonreía. ¿O sonrió mientras moría? A los pies de la cama, Carmina se estremecía con cada tic del reloj, luego con cada tac. Para ella no eran crujidos, sino truenos, lo mismo que no eran segundos, sino horas. Un salto de la aguja menor de su reloj de muñeca anticipaba otra eternidad de angustia. Porque Ramón (tic) sonreía, pero Carmina (tac) sólo parpadeaba (tic).

Y tanto aguantó Carmina el llanto para no soliviantar el tránsito de Don Ramón que cuando se percató de aquella exhalación certera y definitiva descosió su boca sin mesura y arrugó por primera vez en ese día las cejas para desparramar con silueta de lágrimas y puñetazos el desasosiego más absoluto que existe (tac). Que no es otro que el de asesinar, acabo de entender. Porque Carmina, por mucho papel firmado bajo las directrices de aquel médico de corbata; pese a tantas precauciones para no dejar ni huella en la caja de pastillas, Finimazín; aun a sabiendas de que sólo cumplía con la última voluntad de su marido, se sentía una homicida.

Hasta el punto, Diane, de que ni siquiera contó esa historia a sus hijos, legado de un matrimonio prolijo. Me enteré de su fallecimiento -¿des/fallecer es resucitar?- hace un par de meses. Pero fue como el martes, o así, cuando en mitad de un almuerzo me pusieron al corriente del motivo. Cómo llego a mi interlocutora, es otro asunto. Tardé en comprender lo que me narraba porque la historia estaba repleta de términos de esos que están pero no significan: como si ante un juego de mesa nos encontráramos, en la charla había que omitir palabros como suicidio, eutanasia, muerte, pastillas, dolor… Así, Don Ramón “prefirió dejar de sufrir”, “quiso dejar de ser un cargo”, “vivió todo lo que había que vivir”, “estaba ya muy grave” o “tenía claro que, una vez estuviera así…” Puntos suspensivos.

Iba por la tercera cucharada cuando entendí que Don Ramón se había metido un chute de pastillas para mandar a tomar por culo a la leucemia. No a Carmina, ni a sus hijos, ni a su casucha en mitad de la isla, sino a la leucemia. Pero con ella a todo lo demás. ¿Y no es Don Ramón tanto o más valiente que los que divulgan con eslóganes y puños en alto la lucha incondicional contra el bicho?

A sus ochentaypico pensó Don Ramón con sus últimos impulsos lúcidos que ya ‘no más’. En la cama -Carmina a sus pies- engulló la cucharada de píldoras y dio el trago de agua final. Se descolgó de las manos que sustentaron su decisión, en la que fue la caricia definitiva, y dedicó sus últimos segundos (tic, tac) a esperar. No fue más de un minuto lo que duró el epílogo, según me contaron en el almuerzo; todo un día para Carmina. En mi cabeza compuse algunas preguntas que no llegué a pronunciar, digo yo que para no quedarme con el prisma morboso del suicidio de Don Ramón. De todas ellas hay una que me escuece en la punta de la lengua: Don Ramón sonrió mientras moría, ¿o murió mientras sonreía?

Tic tac en Re#

Diane, son las doce. Aunque pareciera que mi reloj llega ya a las 30, o a las 500. Porque Diane, desde hace un año me dedico a contar horas y meses, y tengo bien atados los cálculos. Dice mi calendario que estamos ya en marzo de 2019, pero anuncian por la tele la Navidad de 2017.

Transcurren atolondrados los segundos, Diane, cuando debería sentirlos refulgir rozándome las sienes a ritmo de vértigo. ¿Qué hago mal? Mira que pronto hará dos años (¡dos!) desde que me prometí amasar rotundo el transcurrir. Pero demonios, esto del compromiso sí que duró poco.

Si bien es cierto que junto a esta máquina de café, que no deja de chirriar, el tiempo (¿también el espacio?) es algo más cóncavo, mi percepción de que la vida avanza lenta no es cosa de una mañana tonta. ¿Es una epidemia? Porque no sólo yo ando lastrado. ¿Quién cambia el ritmo de los relojes para hacernos impacientar? Odiar nuestro trabajo, y claro, a nuestros jefes y compañeros, no menos a los clientes, a ratos a la familia, a nuestro coche en su sucia cochera, a ese ordenador lento como el tiempo, al buenos días alegre de la limpiadora. Todo es un tic tac en Re#.

Casi un aniversario

Diane, son las doce. Coquetea el viento con las cortinas de mis vecinos mientras a mí, el veneno me recorre. Esto va así. Noto cómo mi cabeza lo escupe, y luego el hormigueo del fluir hasta el extremo de la más escondida de mis venas —¿en la yema del pulgar de mi pie izquierdo?— para expandir su efecto.

Pero Diane, no esperes que perezca, porque en realidad esta sustancia, inducida sin duda allá en mi núcleo cerebral por alguna por una bruja etérea, solo me provoca espasmos de mal humor. Así empezó: a borbotones. Ahora no. En fin, es una corriente continua de pesimismo, que en lo físico se traduce en cejas muy juntas y músculos que se toman su tiempo antes de acceder a cualquier voluntad.

Y en esto, cuando el veneno lleva aposentado meses y meses, que llega el momento de extraer, gota a gota, la maldición. Casi un aniversario.

Guerra de almohadas

Diane, son las doce. En realidad, las ocho de la mañana. Y pudiera parecer que todo mi bloque se ha enfrascado en una cruenta contienda de almohadas.

Tocó a cornetas para iniciar el conflicto bélico mi vecino de arriba. Mira que nunca hemos coincidido, pero sé por su alarma que es un hombre recio y de buen olor, con espalda recta y nariz holgada. En la planta inferior trinan los altavoces para inaugurar la batalla de mi vecina rubia, delicada, sugerente y no por ello promiscua.

Suenan tacones de guerra, cae la lluvia sobre los platos de ducha, crujen lamentos ante el espejo. Obstinados, pelean sin cuartel contra la almohada, el enemigo a batir en cada mañana de este otoño que ya empieza y parece terminar. Ya ruge la alarma, ya estalla mi guerra.

Un poco canario

Diane, son las doce. Las once en Canarias. Creo que me he vuelto un poco así: canario. Mi vida funciona 3.600 segundos más tarde que la del resto. Entiéndeme.

Mi madre aguardó una hora para verme una vez que ya había nacido. Marqué el gol de la victoria, pero todos se habían ido. Y no me inquietan los retrasos de aviones y autobuses. Verás, ésto tiene sus ventajas.

Antes era por aquellas píldoras que no me aliviaron la alergia, pero me sumieron en otro huso horario. Ahora por el calor. Quizás siempre haya sido un poco así: canario. Huele a pizza quemada.

Un poco Millás

Diane, son las doce. Sucede que me he vuelto un poco Millás. Mis obsesiones se han empeñado en forzar historias. Así, una fantasía fugaz, un ladrillo naranja, una gasolinera, una pinza, desencadenan en mi cabeza un proceso de elucubración en parábola.

Llego al punto álgido de la composición con todas las palabras en la punta de la lengua, encaramadas como un cubito recién salido del congelador. Pero a los pocos segundos todo se ha difuminado y ya no queda historia que valga. Entonces abro los ojos y me encuentro con otra fantasía fugaz, un ladrillo naranja, una gasolinera, una pinza.

A mí todo ésto me parece un trance neurótico. ¿Una posesión? Al fin y al cabo, los dos somos J. M.

Aullidos en la siesta

Diane, son las doce. Dormía la siesta cuando en el piso de arriba se desató el jaleo. Una de mis vecinas vociferaba: «¡Sara, no! ¡Sara, para!». A lo que la referida Sara respondía con sollozos que a mí se me antojaban susurros canarios. Los golpes llegaron a la cuarta llamada. Las persianas se dejaron caer por su propio peso, las puertas tronaron y los muebles iniciaron una danza macabra sobre mi techo.

En esto que Sara, imagino, abrió el ventanal del balcón. «¡Sara, no!» Y yo me dispuse a correr hacia el mío. ¿Para tratar de agarrarla? ¿De convencerla? Imposible. Imagino que por el puro morbo de verla caer. Pero fue tarde. Llegué cuando su grito seco se ahogó en los adoquines. Ahora doblemente rojos. Desde un tercer piso. «¡¿Por qué, Sara?!»

Me pregunté entonces si los gritos de su compañera habrían llegado a su cabeza una hora más tarde. Si es por eso que los aullidos de María no surtieron efecto. Cuando desperté, arriba seguía el jolgorio.