Conversación con Susana

Susana sigue leyendo el periódico, aunque ha superado un cáncer de mama. Hace dos años se deshizo de lo superficial. Yo pensaba que ahí entraban las inauguraciones de autovías, las entrevistas a políticos y las ruedas de prensa sin preguntas. Pero, por lo visto, eso no es así. En su calvario no dejó de lado la tinta. Hace ya cinco meses que el médico le dijo: “Nada”, y se sintió viva por primera vez (no todos podemos presumir de lo mismo).

Hasta las malas noticias las afronta con esa nueva actitud, porque, ¿de qué se va a asustar a estas alturas? Me ha llamado para contarme algo que yo ya sabía. Esta mañana ha encontrado la aguja dentro del pajar informativo. Otro pasito más para esa buena noticia que cualquier plumilla querría dar, y justo un par de días después de la conmemoración de la lucha contra el cáncer de mama. En la portada, allí estaba, un fármaco eficaz contra ‘el bicho’.

Ha leído, ha recordado, ha tuiteado, ha reído, ha llorado, y luego ha seguido leyendo. A mitad del cuarto párrafo se ha encontrado con que este químico es un billete de lotería. Rostro torcido. En el primer bombo, una última fase de la investigación con ratones. En el segundo, una aprobación de nosequé organismo. En el tercero, un mecenas. En el cuarto, que el estudio sobre humanos dé buenos resultados. En el quinto, que algún laboratorio intuya la rentabilidad, es decir, que vea dinero, cuanto más mejor, en la enfermedad. Cada bombo tarda un par de años en girar. Una década para conocer si la combinación se ha dado.

El miedo llevaba cinco meses sin aparecer, pero hoy, en el bar, frente a un zumo y un café, Susana se ha vuelto a sentir endeble. Por teléfono me ha dicho que dejen de hacer el AVE, que paralicen las leyes y compriman el tiempo. Lo que sea, pero que esa molécula llegue ya. Ella sabe de lo que habla. “¿No rescataron a Bankia?”, me dice, “que paguen también la pastilla”. Yo respondo que no, que esta va a ser la buena, que tardará más o menos pero llegará. Y cuando cuelgo, pienso: “Otra investigación a la basura”.

Conversación con Tomás

Tomás está seguro de tener 82 años; y tiene 82 años porque está seguro. Aunque a ratos pierde el hilo de la memoria, sus gestas perduran allí y en ningún otro sitio: la vida de Tomás no le ha importado a nadie. Lo parece cuando mis preguntas le resbalan por el sudor de la frente.

Hace calor, junto a la ventana de la última mesa —ubicación y disponibilidad— de no sé qué mesón asturiano de comida gallega en asador argentino de un barrio, ni pobre ni rico, de Madrid. No le ha gustado la parrillada de verduras. Su cuerpo lo disimula, pero Tomás es de poco comer.

Desde que consiguió el récord de algún deporte con solo 13 años se obligó a ser amigo del estoicismo, porque España —una , gr…— no le ha tratado bien. No le reconocieron el logro y optó por seguir creciendo. Llegó a ser dirigente, me cuenta, y de su puño nacieron leyes, consejos y otras glorias, todo con la tempestad en contra. “¡No tenían ni puta idea de deporte!”, dice, como si el comedor estuviera vacío. De Samaranch también habló, pero mejor ni hablamos.

Entre pinchada y pinchada tomo alguna nota, repaso las preguntas y me froto los ojos. Tomás no me ha dicho nada de lo que yo quería oír. Eso sí, se ha vaciado, como viendo que le quedan pocas oportunidades. Me advierte: “Creo que desde tu inexperiencia no vas a poder sintetizar bien todo esto”. Se basa en que otros periodistas ya han caído en aquello de inventar, imprecisar y omitir, mientras yo pienso que, como mínimo, pecaré por esto último.

En la última frase me da el titular vacío que busco desde hace cinco meses, y ahí se me hinchan los pulmones y me justifico medio día de viaje. Se guarda un bonus. Sin preguntas de por medio, para hacerme entender el porqué de su humor, o bien para que me sienta acompañado —mal de muchos…— me cuenta que toda la vida ha sido soltero por incompatibilidad con el trabajo. Ya, claro.

Pero me gusta imaginar que lo que Tomás ha querido decirme es que un niño de palmo y medio, falto de amor por la patria y parco en viajes, no ha tenido opción de victoria frente al mayor de los eruditos. Y que, como ocurre conmigo, tampoco mi generación está a la altura de aquellos “hombres que forjaron la libertad”. Que la experiencia es un grado.

* Historia basada en hechos ficticios